ARTÍCULO 35: CÁNCER Y EJERCICIO FÍSICO

Ejercicio y cáncer: una herramienta terapéutica integral para la salud y la supervivencia

Introducción

El cáncer representa uno de los mayores retos para la salud pública a nivel mundial. Solo en el año 2022, se estimaron 20 millones de nuevos casos y cerca de 10 millones de muertes relacionadas con esta enfermedad. Las proyecciones no son alentadoras: se prevé un aumento del 77% en su incidencia para el año 2050 [1]. Frente a esta amenaza, cada vez es más evidente que el tratamiento no debe centrarse exclusivamente en quimioterapia, radioterapia o cirugía, sino también en estrategias complementarias como el ejercicio físico, el cual ha demostrado efectos beneficiosos en múltiples dimensiones del tratamiento y la calidad de vida de los pacientes oncológicos [1].

Este artículo se ha desarrollado con base en la bibliografía científica más reciente (años 2024 y 2025), compuesta exclusivamente por estudios de alta calidad metodológica, revisiones sistemáticas, meta-análisis y estudios de cohorte publicados en revistas indexadas y con revisión por pares. Los resultados presentados aquí representan la evidencia más sólida y actualizada disponible sobre los beneficios del ejercicio en el contexto oncológico.

Beneficios globales del ejercicio en pacientes con cáncer

Una revisión sistemática tipo umbrella publicada en British Journal of Sports Medicine (2025) examinó 485 asociaciones entre ejercicio y resultados en salud en pacientes oncológicos. Más de la mitad de estas asociaciones fueron estadísticamente significativas. Se observó que el ejercicio atenúa efectos adversos como la toxicidad cardíaca, la neuropatía inducida por quimioterapia, el deterioro cognitivo y la disnea. Además, mejoró parámetros como la composición corporal, marcadores inflamatorios y hormonales, la calidad del sueño, el bienestar psicológico y la interacción social [2].

El ejercicio actúa sobre diversos procesos fisiopatológicos relacionados con el envejecimiento y el cáncer: reduce la inflamación crónica, mejora la función mitocondrial, preserva la estabilidad genómica, estimula la inmunovigilancia y disminuye la senescencia celular [1]. Estas adaptaciones no solo ralentizan la progresión tumoral, sino que también mejoran la tolerancia a los tratamientos oncológicos y previenen efectos secundarios como la fatiga y la caquexia.

Ejercicio y supervivencia: evidencia contundente

Una meta-análisis publicada en GeroScience (2025), que analizó datos de más de 1.5 millones de pacientes con diferentes tipos de cáncer (mama, pulmón, próstata, colorrectal y piel), demostró una asociación clara entre la actividad física post-diagnóstico y una reducción significativa de la mortalidad. Por ejemplo, en cáncer de mama se observó una reducción del 31% en el riesgo de muerte; en próstata, del 27%; en colorrectal, del 29%; y en pulmón, del 24% [1].

El entrenamiento de fuerza como intervención terapéutica clave

Dentro de las múltiples formas de ejercicio, el entrenamiento de fuerza o resistance training merece una atención especial por su potencial terapéutico. Una revisión sistemática reciente que incluyó más de 100 ensayos clínicos aleatorizados demostró que mejora significativamente la masa muscular, la fuerza y la función física en pacientes oncológicos [7].

  • Hasta el 100% de los estudios reportaron mejoras en la masa muscular.
  • Entre un 61% y 68% observaron aumentos en la fuerza muscular.
  • El 74% al 100% informaron una mejoría en la función física [7].

Estos beneficios son particularmente relevantes en un contexto en el que la sarcopenia (déficit de masa muscular) inducida por los tratamientos oncológicos puede comprometer la autonomía funcional y la calidad de vida. Además, aunque los efectos del entrenamiento de fuerza sobre biomarcadores inflamatorios, inmunológicos y metabólicos han sido mixtos, algunos estudios sugieren que podría ejercer efectos positivos [7].

En mujeres supervivientes de cáncer de mama, existen indicios de que el entrenamiento de fuerza podría reducir el riesgo de recurrencia y mortalidad, mediado por una mejor regulación hormonal, mejoras en la composición corporal y fortalecimiento inmunológico [6]. Por ello, sociedades científicas como la ACSM y la ASCO recomiendan incluir al menos dos sesiones semanales de fuerza, enfocadas en grandes grupos musculares.

Aplicaciones según tipo de cáncer y paciente

En pacientes mayores de 60 años, el ejercicio también ha demostrado beneficios significativos en salud mental. Un metaanálisis mostró que tanto el entrenamiento de fuerza como ejercicios cuerpo-mente (yoga, tai chi, qigong) reducen síntomas de ansiedad, depresión y mejoran la calidad de vida [4].

En el caso del cáncer de pulmón avanzado, el ejercicio ha sido efectivo para reducir la fatiga relacionada con el cáncer (CRF), mejorar la disnea y aumentar la calidad de vida, sobre todo en intervenciones de menos de 12 semanas [5].

Respecto al dolor oncológico, los programas integrales que combinan distintos tipos de ejercicio y los métodos cuerpo-mente han demostrado ser más eficaces que el ejercicio aeróbico aislado para reducir la intensidad del dolor y su impacto en la vida diaria [3].

Barreras a la implementación: un reto aún pendiente

A pesar de la evidencia acumulada, los programas de ejercicio en pacientes oncológicos siguen teniendo baja implantación en la práctica clínica. Una revisión de estudios sobre reclutamiento en ensayos clínicos mostró que la mediana de participación apenas alcanzaba el 38%. Las barreras más frecuentes fueron la falta de interés, problemas logísticos como el transporte, y dificultades de comunicación con los pacientes [8].

Superar estas barreras mediante intervenciones accesibles, adaptadas y supervisadas es clave para que el ejercicio se consolide como una herramienta terapéutica de rutina en oncología.

Conclusión

El ejercicio no debe considerarse un simple complemento en el tratamiento del cáncer, sino una herramienta terapéutica de primer orden. Su impacto positivo en la supervivencia, la calidad de vida, la salud mental, la reducción del dolor y la mejora funcional lo convierten en un pilar fundamental en el abordaje integral del paciente oncológico. Dentro de las diferentes modalidades, el entrenamiento de fuerza destaca por su eficacia y aplicabilidad clínica, debiendo estar presente en cualquier protocolo de atención oncológica. La evidencia es clara: moverse —y especialmente fortalecerse— es parte del tratamiento.


Referencias

  1. Ungvari, Z., et al. (2025). Exercise and survival benefit in cancer patients: evidence from a comprehensive meta-analysis. GeroScience. https://doi.org/10.1007/s11357-025-01647-0
  2. Bai, X.-L., et al. (2025). Impact of exercise on health outcomes in people with cancer: an umbrella review. BJSM. https://doi.org/10.1136/bjsports-2024-109392
  3. Wang, J., et al. (2025). Effects of exercise in adults with cancer pain: a network meta-analysis. JPSM. https://doi.org/10.1016/j.jpainsymman.2024.08.033
  4. Soong, R. Y., et al. (2025). Exercise for depression, anxiety, and QoL in older adults with cancer: meta-analysis. JAMA Netw Open. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2024.57859
  5. Hu, Y., et al. (2025). Effect of exercise in advanced lung cancer and CRF: meta-analysis. J Sport Health Sci. https://doi.org/10.1016/j.jshs.2024.101017
  6. Wilson, O. W. A., et al. (2024). Muscle-strengthening exercise with recurrence and mortality in breast cancer. IJBNPA. https://doi.org/10.1186/s12966-024-01644-0
  7. Kang, D.-W., et al. (2024). Resistance exercise and skeletal muscle–related outcomes in cancer patients: review. MSSE. https://doi.org/10.1249/MSS.0000000000003452
  8. Reynolds, S. A., et al. (2024). Recruitment strategies in exercise trials in cancer survivorship: review. J Cancer Surviv. https://doi.org/10.1007/s11764-023-01363-8
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