
CENTRO DE ENTRENAMIENTO PERSONAL Y READAPTACIÓN DE LESIONES
Cuando hablamos de riqueza, casi siempre pensamos en dinero. Ahorrar, aumentar nuestros ingresos, comprar una vivienda, invertir o construir un patrimonio que nos permita vivir con mayor tranquilidad en el futuro son objetivos habituales a lo largo de la vida. Sin embargo, existe otro patrimonio que también se construye con el paso de los años y que condiciona de forma directa nuestra calidad de vida: nuestra salud. La evidencia científica muestra que riqueza económica y salud están estrechamente relacionadas, pero también que esa relación funciona en ambas direcciones. (Bialowolski et al., 2025; Pollack et al., 2007)
Sería demasiado simplista afirmar que el dinero no importa para la salud. Una revisión sistemática publicada en American Journal of Preventive Medicine analizó 29 estudios y encontró que, en la mayoría de ellos, una mayor riqueza acumulada se asociaba con mejores resultados de salud incluso después de considerar otros indicadores socioeconómicos como los ingresos o la educación. (Pollack et al., 2007)
Esto es importante porque riqueza e ingresos no significan exactamente lo mismo. Los ingresos representan los recursos económicos obtenidos durante un determinado periodo, mientras que la riqueza refleja lo que se ha ido acumulando a lo largo del tiempo en forma de ahorros, propiedades, inversiones y otros activos, descontando las deudas. Por ello, especialmente en etapas avanzadas de la vida, la riqueza puede representar mejor la seguridad económica disponible que los ingresos de un momento concreto. (Pollack et al., 2007)
La relación también aparece cuando se analiza específicamente el envejecimiento saludable. Una revisión sistemática de 2021 encontró una asociación positiva entre ingresos o riqueza y envejecimiento saludable en el 81,4 % de los estudios incluidos. Una revisión longitudinal más reciente, publicada en 2026, encontró resultados similares: 31 de 36 estudios que evaluaban ingresos o riqueza mostraban una asociación positiva con mejores resultados de envejecimiento saludable. (Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026)
Por tanto, el mensaje no debería ser que el dinero carece de importancia frente a la salud. Los recursos económicos pueden facilitar el acceso a mejores condiciones de vida y a recursos que favorecen la salud, lo que ayuda a explicar por qué los niveles más altos de ingresos y riqueza suelen relacionarse con mejores trayectorias de envejecimiento. (Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026)

Normalmente pensamos en esta relación en una única dirección: disponer de más recursos económicos puede ofrecer más posibilidades de cuidar la salud. Sin embargo, un estudio longitudinal publicado en Social Science & Medicine en 2025 analizó ocho oleadas de datos del estudio europeo SHARE, recogidas entre 2004 y 2022, y examinó si la relación entre finanzas y salud funcionaba también en sentido contrario. (Bialowolski et al., 2025)
Los investigadores encontraron evidencias de una relación bidireccional. Las condiciones financieras podían influir sobre la salud, pero la salud también podía influir sobre la situación económica. Además, los efectos de la salud sobre los resultados financieros fueron, en general, más fuertes y consistentes que los observados en la dirección contraria. (Bialowolski et al., 2025)
En concreto, una peor salud mental y funcional, incluyendo síntomas depresivos y limitaciones en actividades de la vida diaria, se asociaba posteriormente con menor patrimonio neto, mayor deuda y mayores dificultades financieras. Al mismo tiempo, la percepción de estrés o dificultad financiera también se relacionaba con un posterior deterioro de algunos indicadores de salud, especialmente del bienestar mental y la movilidad. (Bialowolski et al., 2025)
Esto cambia la perspectiva. Pasamos buena parte de nuestra vida intentando acumular recursos para el futuro, pero nuestra capacidad para disfrutar, mantener y gestionar ese patrimonio también puede depender de la salud con la que lleguemos a ese futuro. (Bialowolski et al., 2025)

Pensemos en nuestra jubilación. Podemos imaginar que llegamos a los 65 o 70 años con una determinada cantidad de dinero ahorrado, una vivienda y cierta estabilidad económica. Pero existen otras preguntas igual de importantes: ¿podremos caminar con autonomía?, ¿levantarnos de una silla sin ayuda?, ¿subir escaleras?, ¿hacer la compra?, ¿viajar? o ¿realizar las actividades normales de nuestra vida cotidiana? (Bialowolski et al., 2025)
El estudio de Bialowolski y colaboradores evaluó precisamente limitaciones funcionales relacionadas con caminar 100 metros, permanecer sentado durante dos horas, levantarse de una silla, subir escaleras, agacharse, empujar objetos o transportar pesos superiores a cinco kilogramos. Estas capacidades forman parte de aquello que permite a una persona conservar su independencia en la vida diaria. (Bialowolski et al., 2025)
Hablar de riqueza en salud, por tanto, no significa únicamente hablar de ausencia de enfermedad. La literatura sobre envejecimiento saludable ha evolucionado hacia una visión más amplia, centrada en la capacidad funcional que permite conservar bienestar y autonomía en edades avanzadas. (Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026)
Podríamos llamar a esta capacidad nuestro patrimonio físico: un patrimonio que no aparece en una cuenta bancaria, pero que determina en gran medida lo que podremos hacer con nuestra vida en el futuro. Esta idea es una interpretación divulgativa basada en el papel que la evidencia otorga a la capacidad funcional dentro del envejecimiento saludable. (Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026)

Uno de los aspectos más interesantes de la revisión longitudinal publicada en 2026 es que las diferencias en envejecimiento saludable no aparecen únicamente cuando nos hacemos mayores. Se van construyendo a lo largo del curso de la vida. De los 17 estudios que analizaron la posición socioeconómica durante la infancia, 13 encontraron que una situación desfavorable en esa etapa predecía peores resultados de salud posteriores. Además, cinco estudios encontraron efectos acumulativos de las desventajas socioeconómicas experimentadas en distintas etapas de la vida. (Ye et al., 2026)
Esto sugiere que cómo llegamos a la vejez depende, en parte, de lo que ha ocurrido durante las décadas anteriores. La exposición prolongada a ventajas o desventajas económicas, educativas y sociales puede influir en las trayectorias de salud y en la capacidad con la que una persona envejece. (Ye et al., 2026)
No podemos controlar todos los factores que condicionan nuestra salud, pero sí existen comportamientos modificables sobre los que podemos actuar. Entre ellos, la actividad física es uno de los más estudiados. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019)

Un gran metaanálisis publicado en British Journal of Sports Medicine reunió 196 artículos, 94 cohortes y más de 30 millones de participantes para estudiar la relación entre actividad física no ocupacional, enfermedad cardiovascular, cáncer y mortalidad. En términos generales, mayores niveles de actividad física se asociaron con menor riesgo de los principales resultados analizados. (Garcia et al., 2023)
Uno de los resultados más relevantes fue que la relación entre actividad física y riesgo no era lineal. Las mayores diferencias aparecían al pasar de niveles muy bajos de actividad a cantidades moderadas, mientras que los beneficios adicionales eran progresivamente menores a niveles más elevados de actividad. Esto significa que, para una persona inactiva, empezar a moverse puede aportar una mejora proporcionalmente mayor que seguir aumentando mucho la actividad cuando ya se parte de niveles altos. (Garcia et al., 2023)
Otro metaanálisis, publicado en BMJ, analizó datos individuales de 36.383 personas con una edad media de 62,6 años y un seguimiento mediano de 5,8 años. La actividad física fue medida de forma objetiva mediante acelerómetros. Los investigadores observaron que cualquier nivel de actividad física, independientemente de la intensidad, se asociaba con menor riesgo de mortalidad, mientras que una mayor cantidad de tiempo sedentario se asociaba con mayor riesgo. (Ekelund et al., 2019)
Estos resultados respaldan una idea especialmente útil desde el punto de vista práctico: para mejorar nuestra salud no es necesario comenzar realizando grandes cantidades de ejercicio. Reducir la inactividad y aumentar progresivamente el movimiento diario ya puede ser relevante. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019)

Quizá el error sea plantear la riqueza material y la riqueza en salud como dos objetivos enfrentados. La evidencia revisada no sugiere que debamos elegir entre una y otra. Al contrario: una mejor situación económica se asocia con mejores resultados de salud y un envejecimiento más favorable, mientras que una peor salud también puede afectar negativamente a la estabilidad financiera. (Pollack et al., 2007; Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026; Bialowolski et al., 2025)
Son, por tanto, dos patrimonios que se relacionan entre sí. La diferencia es que existe una gran cultura de planificación para uno de ellos. Ahorramos para dentro de 20 años, invertimos pensando en nuestra jubilación y construimos recursos económicos para ganar seguridad futura. Sin embargo, quizá prestamos menos atención a cómo queremos llegar físicamente a esa misma etapa de nuestra vida. (Bialowolski et al., 2025; Wagg et al., 2021)
Por eso, quizá deberíamos empezar a hacernos una pregunta equivalente a la que hacemos con nuestras finanzas: ¿qué estoy haciendo hoy para construir el cuerpo y la capacidad funcional que necesitaré dentro de 20 o 30 años? La evidencia muestra de forma consistente que mayores niveles de actividad física se asocian con menor mortalidad y mejores resultados de salud, y que los mayores beneficios relativos suelen aparecer precisamente cuando una persona pasa de ser muy inactiva a moverse más. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019)
La actividad física no garantiza que nunca enfermemos, ni elimina el efecto de las desigualdades económicas, educativas o sociales. Pero sí constituye uno de los comportamientos modificables con mayor respaldo científico para proteger la salud a lo largo del tiempo. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019; Ding et al., 2025)
Por eso, podemos entender el ejercicio y el movimiento cotidiano no solamente como herramientas para perder peso o mejorar nuestra apariencia, sino también como una inversión a largo plazo en capacidad, autonomía y salud futura. Esta interpretación se apoya en la relación observada entre actividad física, mortalidad, enfermedad cardiovascular, función y otros resultados de salud. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019; Ding et al., 2025)

Tener recursos económicos suficientes para vivir con seguridad importa, y la evidencia respalda su relación con un envejecimiento más saludable. Pero también importa conservar la capacidad física y funcional necesaria para disfrutar de esos recursos y mantener nuestra autonomía. (Pollack et al., 2007; Wagg et al., 2021; Ye et al., 2026)
La pregunta, por tanto, quizá no sea qué es más importante, si el dinero o la salud, sino si estamos dedicando a nuestra salud una parte del esfuerzo que dedicamos a construir nuestro patrimonio económico. Ambos pueden condicionar profundamente la forma en que vivimos y envejecemos. (Bialowolski et al., 2025; Ye et al., 2026)
Mientras ahorramos dinero para nuestro futuro, también podemos invertir en movimiento, actividad física y capacidad funcional. No sabemos exactamente qué necesidades económicas tendremos dentro de 20 o 30 años, ni qué problemas de salud podrán aparecer. Pero sí podemos intentar llegar a ese futuro con dos patrimonios lo más sólidos posible: el económico y el de nuestra salud. (Garcia et al., 2023; Ekelund et al., 2019; Ding et al., 2025)

Bialowolski, P., Cwynar, A., & Weziak-Bialowolska, D. (2025). Bidirectional, longitudinal associations between finance and health—What comes first? Evidence from middle-aged and older adults in Europe. Social Science & Medicine, 385, 118633. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2025.118633
Ekelund, U., Tarp, J., Steene-Johannessen, J., Hansen, B. H., Jefferis, B., Fagerland, M. W., Whincup, P., Diaz, K. M., Hooker, S. P., Chernofsky, A., Larson, M. G., Spartano, N., Vasan, R. S., Dohrn, I.-M., Hagströmer, M., Edwardson, C., Yates, T., Shiroma, E., Anderssen, S. A., & Lee, I.-M. (2019). Dose-response associations between accelerometry measured physical activity and sedentary time and all cause mortality: Systematic review and harmonised meta-analysis. BMJ, 366, l4570. https://doi.org/10.1136/bmj.l4570
Garcia, L., Pearce, M., Abbas, A., Mok, A., Strain, T., Ali, S., Crippa, A., Dempsey, P. C., Golubic, R., Kelly, P., Laird, Y., McNamara, E., Moore, S., de Sá, T. H., Smith, A. D., Wijndaele, K., Woodcock, J., & Brage, S. (2023). Non-occupational physical activity and risk of cardiovascular disease, cancer and mortality outcomes: A dose-response meta-analysis of large prospective studies. British Journal of Sports Medicine, 57, 979–989. https://doi.org/10.1136/bjsports-2022-105669
Pollack, C. E., Chideya, S., Cubbin, C., Williams, B., Dekker, M., & Braveman, P. (2007). Should health studies measure wealth? A systematic review. American Journal of Preventive Medicine, 33(3), 250–264. https://doi.org/10.1016/j.amepre.2007.04.033
Wagg, E., Blyth, F. M., Cumming, R. G., & Khalatbari-Soltani, S. (2021). Socioeconomic position and healthy ageing: A systematic review of cross-sectional and longitudinal studies. Ageing Research Reviews, 69, 101365. https://doi.org/10.1016/j.arr.2021.101365
Ye, Y., Long, C., Chua, K.-C., Moreno-Agostino, D., & Prina, M. (2026). Socio-economic position and healthy ageing across the life course: A systematic review of longitudinal studies. GeroScience. Advance online publication.